Mi mano se desliza por los contornos de su rostro, dichosa y despreocupada, reposa en deliciosas mejillas ligeramente coloradas, contempla sin ojos una belleza encarnada, y pierde sus arrugas mientras corre por el pequeño mentón, como una alondra que aprendiera a volar.
Promesa de otro mundo en ese rostro, aquel que es sirena para mis manos, atrayendolas a la perdición, si aquella fuese un mar en calma.
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